“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente” Mark Twain.

Siguiendo la costa llegamos a Quintão, último pueblo al que llega la carretera en el mapa. Y empieza la búsqueda de un lugar para dormir. Primer intento: preguntar por los bomberos. No tienen. Vamos a la brigada militar, no tienen espacio para nosotros. Centro de salud, tampoco. Escuela, cerrada. Polideportivo, con luz y una señora tejiendo un saquito.
– Buenas tardes señora. ¿Cómo está? Estamos buscando un lugar donde pasar la noche con la tienda, pensamos en la escuela pero está cerrada, ¿Usted sabría decirnos de un lugar tranquilo y seguro?

hospitalidad

Con Fátima en el frente de su casa. Ella muestra la pulsera que le regalamos.

– Chicos, yo soy una empleada aquí y no puedo dejar que se queden pero si les sirve se pueden quedar en casa. No hay luz ni agua pero si les sirve… dijo Fátima ejerciendo de madre en la distancia.
Era eso o pasar la noche en la playa y el pueblo no daba la confianza de que nada fuera a ocurrir, por lo que aceptamos la invitación.
Fátima y su hija Aria viven a dos cuadras del polideportivo donde trabaja en una casa muy precaria con “ladrillo vista” y techo de chapa. Con el agua en bidones que ellas mismas transportan desde la casa de una amiga y luz de velas, Fátima me llevó a conocer su casa a oscuras y dejó que nos fuéramos instalando mientras ella terminaba de trabajar. Aria, con 17 años, trabaja en el supermercado del pueblo a la mañana y estudia el secundario a la tarde en otro pueblo a 50km. Llega a casa a las 23:30hs y Fátima la va a buscar a la parada porque dice que el barrio se pone peligroso. Ese día que llegamos era su cumpleaños. Nos convidó a bombones que le habían regalado.

No es casualidad que la gente más humilde sea la que más nos ayuda. Y cada encuentro nos hace seguir aprendiendo y agradeciendo por la oportunidad que tenemos de conocer todas estas diferentes realidades.
Fátima manifestaba un amor maternal inconmensurable “Yo pienso en sus madres, y pienso en mis hijos el día que yo no esté, y me gustaría que les ayudasen” nos decía. Practicaba al pie de la letra “Haz con el otro lo que te gustaría que hicieran contigo”
Antes de partir a la mañana siguiente, aún nos regalaría jabón y estropajo para añadir a nuestros útiles. Les regalamos algunas artesanías que todavía llevamos como forma de agradecimiento aunque cuando uno es ayudado de esta manera hay algo mucho más fuerte que los regalos y palabras.

bicicleta con playa

En Quintão terminan las rutas que aparecen en los mapas pero los locales hablaban de una ‘estrada de chao’ (ruta de ripio) que nos devolvería al asfalto. De lo que se olvidaron fue de comentar que el camino era de arena, de esa suave arena de playa, por la que las bicis tienen dificultad para rodar.

ruta de arena

23 kilómetros de pura arena.

Así lo sufrimos, más de 5h para hacer 23km. 23km de extrema paciencia, de debate entre nuestros límites, el mental y el físico. Habíamos hecho un par de km cuando se detuvo un auto (de los pocos que pasaban) con matrícula argentina. Detrás de la ventanilla una pareja de Gualeguaychú en sus vacaciones tenía preparado un mate para convidar. Un mate cargado de energía que nos supo a gloria.

auto a la vista

Agudizando la vista se ve como aparece un mate por la ventanilla del auto.

Faltaba menos de una hora de luz cuando llegamos al cruce con la carretera nacional y nos separaban 28km hasta el pueblo donde pasaríamos la noche. Con viento a favor, nuestras bicis volaron esos últimos kilómetros del día con el sol escondiéndose a la derecha de la ruta.
Ya era noche cerrada cuando tocamos las palmas a la puerta de la casa pegada a la iglesia del pueblo. Una señora muy amable nos atendió, hizo una llamada y nos dio la dirección del alcalde, él mismo nos recibiría.
Sr. Alemão resultaba ser un hombre de campo de unos 70 años que nos abrió un galpón que tenía en la parte de atrás de su casa. Su casa olía a café recién hecho y dos tazas extras estaban esperándonos sobre la mesa. – Ustedes deben de ser los sextos o séptimos que pasan por aquí.-
Con un portugués difícil de entender mantuvimos una entretenida charla con él y su mujer sobre la vida en São Sebastião, su trabajo en el campo y como alcalde y los viajes en bicicleta.
Era un tipo simpático, a la mañana siguiente le preguntamos si podíamos quedarnos un día más, necesitábamos descansar y ese parecía un buen lugar. – Entonces os pondré una luz.- Fue su respuesta.

janta en familia

El Sr. Alemão y su mujer algunas de las veces que nos invitaron a pasar para cocinar y comer con ellos.

acampada libre

Galpón destinado a los cicloviajeros.

Con la luz vino el enchufe y también un estante. Los próximos cicloviajeros tendrán un galpón VIP donde quedarse.
Nos vino bien el día de descanso que al día siguiente hicimos 68km viento en contra hasta un posto que encontramos de camino. Con supermercado, baños y wifi se convierten en lugares perfectos donde pasar la noche si estas en mitad de la ruta.
Tendría que amanecer lloviendo sin parar para demorarnos hasta las 14hs en salir. En tres horas y media haríamos los 55km que nos separarían de Tavares, el pueblo más grande de la zona, y estaríamos de suerte al preguntar en la brigada militar y que el sargento Lisboa estuviese de turno. No había terminado de preguntarle si nos podíamos quedar allí que ya estaba asintiendo con la cabeza. Volvíamos a ser afortunados, una noche más con baño y cocina a disposición.

acampada libre

Los dos días que estuvimos en casa del Sr. Alemão también convivimos con esta perra muy molesta.

Nací en La Coruña – España, tengo 35 años y vivo en movimiento desde 2005. Viajo sola, en pareja, con amigos, en familia… He vivido en tantas casas que ni recuerdo.
Desde diciembre de 2014 recorro Sudamérica en bicicleta.
Te invito a seguir el viaje en instagram y a sumarte al boletín mensual si quieres recibir todas las novedades de esta vida nómada en tu email.