“Mi destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas” Henry Miller.

La mañana que nos disponíamos a continuar viaje desde el parque de bomberos hicimos nuestra primera entrevista para una radio local. El reportero, viendo la falta de sucesos ocurridos encontró oportuno incluirnos en su conexión con el programa matutino. Así es como a las 8:30am salimos al aire para toda Orleans contando nuestro viaje y las impresiones que íbamos teniendo sobre Brasil. En un país que no habla el castellano, pasar inadvertida y naturalizar el hecho de ser argentina facilita la vida. La mía y la de todos.

A media tarde llegaríamos a Criciuma, que incluimos en la ruta porque los bombeiros recomendaron y donde otros bombeiros nos darían cobijo. Criciuma era, en comparación a los pueblos que estábamos pasando, una ciudad mucho más grande donde sufriríamos todo un periplo para encontrar lugar para dormir.

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Llegamos a la ciudad en un momento complicado, hacía 15 días un policía había terminado con la vida de dos jóvenes, al parecer capos del narcotráfico local y ahora la ciudad vivía episodios de violencia equiparados a una guerra entre policías y narcotraficantes con quema de vehículos, enfrentamientos armados y muerte de personas. Estábamos en terreno hostil y pasar la noche en una plaza con la carpa y las bicis no sonaba como el mejor plan. Los bomberos desestimaron nuestra idea de pasar la noche con ellos y nos derivaron a la prefeitura (ayuntamiento/municipalidad) y así es como, siguiendo el protocolo establecido, esa noche la pasamos en el refugio/albergue de transeúntes de la ciudad.
Cuando uno viaja tiene dos papeles a elegir, ser turista o viajero. Por lo general el turista se mueve dentro de un circuito pensado para el entretenimiento, diversión y descanso. Donde muchas veces el contacto con la realidad local es a través de tours, pulseras all inclusive o guías especializados. Por el contrario, el viajero conoce la realidad del turista añadiendo el aprendizaje continuo de distintas realidades. Está obligado a relacionarse con las personas locales y el no tener todo planeado le hace interactuar más con el ámbito que en ese momento le rodea. Viviendo la situación como uno más.

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Así fue como esa noche la pasamos como uno más que necesitaba lugar para dormir. Con cena y desayuno incluido, compartimos mesa con Florice, sudafricana, embarazada de 5 meses que con un perfecto inglés nos contaba que hacía 3 meses que había llegado a Brasil y estaba buscando trabajo. Y con un simpático ghanés que de los ocho meses que llevaba en Brasil, dos los pasó en Brasília de donde salió en cuanto pudo debido a la peligrosidad de sus calles. Y con Fernanda, gaucha de Rio Grande do Sul con cuatro hijos, compartimos varias risas.
Paulo, el asistente social del centro, nos habló del incremento de inmigración africana, de países como Sudáfrica y Ghana. Muchos llegados para el mundial y nunca regresados ahora están en situación de calle. Ciudades como Criciuma están ayudando a la integración social de estas personas.
Fue una rica cena, no por el gran menú servido sino por la calidad humana, porque sin prejuicios, tonterías de clases y nacionalidades todos estábamos compartiendo la misma mesa situándonos en el punto más simple como principio básico de la condición humana.
Estas vivencias siempre llegan para dar lecciones de vida. Entre ellas, recordar lo afortunados que somos de estar donde queremos estar, haciendo lo que queremos.

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A la mañana siguiente con tan sólo 36 km de distancia seguiríamos camino a Araranguá, donde Sander y Patricia, miembros de WS nos esperaban con un almuerzo tradicional brasileño en la mesa.
Este cartero y esta artesana de casa chica y corazón inmenso nos hicieron sentir muy a gusto siendo muy cariñosos y atentos. A nuestra llegada a su casa y con un improvisado español nos dijeron “mi casa es tu casa” y así nos sentimos.

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Como esos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo pero con la realidad de ser nuestro primer encuentro compartimos historias de viajes, paseos turísticos, cumpleaños, comidas, muchas comidas y charlas, muchas charlas de viajes.
Amantes de la bicicleta y de los viajes con varios recorridos fantásticos en su prontuario, con ellos vivimos en carne propia el verdadero sentido del intercambio, Sander y Patricia mientras no viajan, abren las puertas de su hogar a cicloviajeros del mundo para empaparse de sus historias y vivencias, escuchar otras risas, degustar otras recetas y oler otras esencias.
Nos regalaron el honor de plantar un árbol en su casa, tradición que están haciendo con los cicloviajeros de visita. El nuestro fue más especial, nunca habíamos plantado un árbol y este era un Ipem, árbol nativo y símbolo de Brasil.

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Después de estos días en familia con un montón de anotaciones para nuestros próximos días y después de nuestra visita a la policía federal donde nos confirmaban el impedimento de prorrogar mi estadía en el país, en un acto de reciprocidad, alegaban, partimos a ver los cañones más altos de Brasil pero con menos marketing que sus compañeros norteamericanos.

Ahora sí, nos quedarían diez días de legalidad en el país.

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Nací en La Coruña – España, tengo 35 años y vivo en movimiento desde 2005. Viajo sola, en pareja, con amigos, en familia… He vivido en tantas casas que ni recuerdo.
Desde diciembre de 2014 recorro Sudamérica en bicicleta.
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