“Al fin aprendí que el precio de la felicidad total era aprender a desposeerlo todo”. Juan Pablo Villarino, escritor y viajero argentino.

El 25 de febrero nos subíamos de nuevo a las bicis cargadas con todos los bártulos para una vez más salir a las pistas con toda la furia. Dejábamos Florianópolis y su isla de magia, llamada así debido a varios alquimistas que habrían elegido refugiarse en ella durante el periodo colonial tanto español como portugués. Porque sí, también esta zona de Brasil había estado bajo el dominio colonial español. La isla con sus 42 playas, muchas en estado virgen y poco conocidas por los turistas. La isla que según la ONU, es la segunda capital brasileña después de Brasília con el mejor índice de desarrollo humano y la isla que curiosamente está hermanada con la ciudad de Córdoba, Argentina.

Nos demoramos en salir una semana debido al impresentable_lagentemeimportapoco del dueño y su protocolo para abandonar la casa, nos hicieron perder más los nervios que el tiempo. El cambio de planes lo arreglamos haciendo turismo y conociendo nuevos lugares, no nos podíamos ir sin pisar Canasvieiras, conocido balneario atestado de familias argentinas eufóricas en sus 15 días de playa.
Volver a la ruta implicaba un nuevo ritmo en nuestros días, nueva planificación y logística, una aventura que solo uno mismo va marcando en el mapa a medida que avanza.
Por un momento barajamos la posibilidad de trazar esa ruta en el mapa hacía el norte y llegar a hacernos una foto con el cristo do corcovado, pero la desestimamos y tomamos rumbo al sur, decidiendo alejarnos de la costa y adentrarnos en las sierras, en la zona rural brasileña.

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De Florianópolis llegamos con mucho estrés a Santo Amaro da Imperatriz (nuestra primera parada en las sierras) la situación de atravesar una ciudad no conocida en hora pico con un sol abrasante nos sacó de golpe toda la energía que teníamos acumulada. Pero allí, fiel a nuestro lema “lo pedís, lo tenés” apareció Anesio, ciclista amateur que volvía a casa con un amigo después de unas horas de pedaleo y que no dudó un segundo en abrirnos el centro social familiar que regentaba cuando lo paramos a la entrada del pueblo, ya con la noche encima y le preguntamos:

¿Sabrán de algún lugar donde podamos montar la tienda, que sea tranquilo y seguro para pasar la noche?

Anesio nos contaría al rato, ya entrados en confianza, que cinco minutos antes de habernos encontrado charlaba con su amigo sobre el libro que estaba leyendo: “el viaje en bicicleta alrededor del mundo de un paulista” (de São Paulo) y si sería capaz de alojar a un desconocido durante su viaje. Y voilà! Al minuto de esa conversación caíamos nosotros!
La hospitalidad de Anesio vendría completa, además de que esa noche dormimos en colchón, con aire acondicionado, baño y cocina, a la mañana siguiente nos invitaría a desayunar en su panadería, nos regalaría unas camisetas de las competiciones en las que el participa y nos presentaría a su familia y amigos ciclistas. Si nosotros no podíamos creer tanta generosidad, Anesio todavía estaba alucinado con el encuentro. La guinda del pastel la pondría uno de sus amigos cuando antes de partir y en medio de la despedida, obligó a Gonzalo a aceptar un billete de 50 reais como ayuda a un viaje que él también soñaba hacer pero que su actual vida no permitía.

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Con todas estas vivencias en menos de 24h de haber salido continuamos el viaje por caminos de tierra y poco movimiento. Pasando aldeas y pueblos serranos con un denominador común además del olor vacuno: Su descendencia colonial alemana.

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Así hicimos la ruta que anteriormente los alemanes, en búsqueda de una zona apropiada para trabajar y vivir, habían hecho. São Bonifacio, Rio Fortuna, Braço do norte, São Ludgero… todos eran municipios que te daban la bienvenida con un gran WILLKOMMEN y que a no ser porque la gente hablaba portugués uno se imaginaría que estaría en cualquier zona rural alemana. Los negocios portaban nombres como Schaden, Buss o Vandressen y sus habitantes eran de tez blanca, ojos claros y pelo rubio. El concejal de turismo de São Bonifacio que muy amablemente nos abrió los vestuarios del polideportivo municipal para pasar la noche asegurando que viajeros como nosotros llegaban pocos al pueblo y que habiendo la oportunidad había que tratarlos bien, confirmaba que más del 50% de los habitantes (de 3500 que tenía el pueblo) hablaba aleman más concretamente de westfalia, la región que según su historia nutrió de habitantes el interior del estado de Santa Catarina.
A Rio Fortuna, donde descansaríamos unos días, llegamos después de unos interminables morros. Gracias a los hermanos Vandressen que nos cruzamos al llegar al pueblo subidos a sus bicis, no nos faltó atención. ¡Obrigados chicos!
Los parques de bomberos son conocidos, entre los cicloviajeros, como los lugares donde uno siempre puede pedir abrigo, desde este en Orleans, nuestro siguiente destino después de los días de reposo y de una jornada de puro campo, con la incesante lluvia a la que Brasil nos tiene acostumbrados y ya casi preparados para ir a dormir, termino esta crónica de la última semana.

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Nací en La Coruña – España, tengo 35 años y vivo en movimiento desde 2005. Viajo sola, en pareja, con amigos, en familia… He vivido en tantas casas que ni recuerdo.
Desde diciembre de 2014 recorro Sudamérica en bicicleta.
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