cabo polonio

“No todos los que deambulan están perdidos” J.R.R.Tolkien.

Valizas y yo nos conocimos en enero del 2011. Fue amor a primera vista, tan intenso que prometí volver al año siguiente y cumplí. Tres años y unos meses habían pasado desde la última vez que nos vimos, pero ella seguía reluciendo y mostrando la mejor cara. Incluso mejor, fuera de temporada.
De la misma manera que yo me había enamorado, estaban también encandilados los 400 habitantes que quedaban después de que todos los turistas se iban y vivían tranquilos y con poca cosa.

uruguay uruguay

Como Lola, granadina que no llegando a los 40 había cambiado su granada natal por las costas uruguayas y vivía con pocas comodidades en una cabaña en la misma playa. De madera y sobre unos pilotes, se convertía en la casa idílica donde pasar unas vacaciones. Agua de pozo, luz de paneles solares, ruido de mar como banda sonora diario. Lola vivía ahí todo el año, alquilaba otra casa que tenía en el pueblo y daba clases de inglés. Tanto como eso, simple y completo. No tenía auto, ni ropa de moda, ni muebles de último diseño, ni teléfono “inteligente”, ni mucho menos hipoteca que era de lo que más se alegraba su madre. El acceso a su casa era la misma playa. Más de 8 km de arena podríamos decir que eran su terreno. Terreno que ni ella ni nadie eran dueños. Así decía: el día que en Uruguay se pongan serios con la ley de costas, nos vamos todos a la puta calle. Su casa distaba exactamente 10m de la orilla, y ¡eso que ese día la marea estaba baja!

cabaña en valizas valizas barra de valizas

Con Lola conversamos mucho sobre la vida en Uruguay, el pueblo, España. En un gesto de confianza con personas que recién conocía, nos abrió las puertas de su otra casa, en esos días vacía, y volvimos a disfrutar de una cama, cocina y sobre todo…una ducha caliente. Contábamos ya con 11 días sin este privilegio.
De Valizas a Cabo Polonio hay 8 km de distancia caminando por la playa. Cabo Polonio es un parque nacional por lo que el acceso en autos está restringido. Tanto si vas desde la carretera como desde el pueblo vecino hay que atravesar unas dunas enormes. Para el primer acceso hay una flota de camiones 4×4 que hacen la llegada del turista más placentera. Para la segunda opción, quedan tus piernas y todo un paisaje desértico para disfrutar. Allá nos fuimos una mañana bien temprano acompañados de un soleado amanecer.

Cabo PolonioCabo Polonio 11.11
Nos encontramos con otro pueblo “cerrado” y cuatro turistas que estiraban, igual que nosotros, los últimos coletazos del verano. El Cabo está preparado para el turismo extranjero. Con muchos carteles en inglés, presumen de vivir en plena naturaleza con agua de pozo y luz de molinos o paneles solares, aceptando cualquier plástico acuñado por visa. Donde alquilar una cabañita con lo básico está de moda y se paga el doble que en los pueblos de alrededor. Si, lo encontramos bonito e idílico pero a la vez poco genuino. El concepto modelo hippiechic explotado al 100%.

Cabo Polonio Cabo Polonio Cabo Polonio

El resto de los días que estuvimos tranquilos en Valizas hicimos sociales. Habíamos conseguido una casa y ya teníamos amigos. Coincidimos con un brasileño que también está viajando en bicicleta. Cargado hasta las pestañas, con una bici antigua de frenos a varilla y sin cambios, pedaleaba en chanclas havaianas. ¡Ojo con la industria brasileña! Y era gracioso escucharlo hablar sobre la teoría del “despojarse de todo” cuando él era un caracol con ruedas. Los mismos días también coincidimos con Wilson, simpático argentino que también en bicicleta anda recorriendo el continente. Wilson es payaso pero también escribe, toca música y varias cosas más. Viaja sin dinero e intercambia sus conocimientos y trabajos por comida y alojamiento. El día que lo conocimos nos dijo “me quedan 17 pesos argentinos y 20 uruguayos” (sumados no hacen ni 3 euros). El sí que había aprendido a despojarse de todo, y el tema económico, que tantos otros no deja dormir, él lo había solucionado de la manera más natural. En vez de convertirse en dolor de cabeza, el usaba ese hecho como arma para interactuar con la gente. Para completar de describir a este personaje añadiré que además Wilson escribe cuentos que coloca en botellas que tira al mar a medida que avanza su viaje. Siempre con remites para saber si alguien las encuentra, para los días que compartimos ya había recibido respuesta de una de las botellas.
Me da la impresión que viajando en bicicleta conozco los países tal y como son. La realidad del lugar al 100%. Cada día aprendemos cosas nuevas que sin querer van apareciendo en diferentes formas: en una conversación con un local, en la naturaleza que atravesamos y nos empapa, hasta en la mínima planificación de las etapas. La bicicleta y yo estamos cada vez más unidas, ya no duele nada. Estoy aprendiendo a vivir cada momento del día y cada día en sí mismo. Ejerciendo el más puro sentido de libertad. Aprovechamos al máximo la flexibilidad de las circunstancias y no me fijo en las limitaciones de los planes. Viajar en bicicleta tendría que ser un ejercicio practicado por todos. Habría más sonrisas en muchas caras.

Cabo Polonio

 

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Uruguay

Nací en La Coruña – España, tengo 35 años y vivo en movimiento desde 2005. Viajo sola, en pareja, con amigos, en familia… He vivido en tantas casas que ni recuerdo.
Desde diciembre de 2014 recorro Sudamérica en bicicleta.
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